Mily Zavala M.
¿Por qué las parejas no funcionan?
Principales motivos que separan a los vínculos sentimentales
¿Por qué algunas historias de amor terminan…
aunque parecían hechas para durar toda la vida?
Cuando una relación finaliza, no solo se rompe un lazo: se suspende una historia, se desmoronan sueños… y, a veces, también se hiere el alma.
© 2021
© 2021
Para versión en español pasta blanda o en ebook, lo puedes adquirir a través de los siguientes links:
Mily Zavala M.
Mily Zavala M., Estudió tanatología y técnicas de acompañamiento emocional. Es practicante de la doctrina Espiritualista Trinitaria Mariana y una apasionada observadora del comportamiento humano.
Después de veintiocho años de matrimonio y una separación dolorosa, inició un proceso de sanación profunda que la llevó a reflexionar sobre los motivos más frecuentes que debilitan una relación de pareja.
Este libro nace de su historia, de su búsqueda, y del deseo genuino de acompañar a quienes han atravesado (o están atravesando) relaciones que duelen más de lo que nutren.
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¿Por qué las parejas no funcionan?
¿Por qué algunas historias de amor terminan…
aunque parecían hechas para durar toda la vida?
Cuando una relación finaliza, no solo se rompe un lazo:
se suspende una historia, se desmoronan sueños… y, a veces, también se hiere el alma.
Este libro es un espacio seguro para detenerse y mirar con sinceridad:
• ¿Qué nos llevó hasta el final?
• ¿Hubo señales que no supimos leer?
• ¿Y cómo se sigue después del adiós?
Con delicadeza, la autora nos guía a través de las causas más comunes de las rupturas, los
aprendizajes que deja el duelo, y los pilares que pueden sostener un amor verdadero… si se elige con conciencia.
Es una invitación a transitar la pérdida no como un castigo, sino como una oportunidad de transformación interior.
Desde una voz cálida, emocional y reflexiva, Mily Zavala comparte una mirada que reconforta y despierta: un viaje hacia el amor consciente y la sanación interior.
“A veces, lo que más duele… es justamente lo que necesitábamos para despertar, soltar lo que no era amor, y empezar una nueva historia con verdad.”
¿Por qué las parejas no funcionan?
1. La ilusión del enamoramiento
Casi todos nos hemos sentido enamorados; esa sensación que promete un futuro
compartido y lleno de felicidad. Aunque a veces no miramos al otro tal cual es, sino que
proyectamos en su rostro los anhelos que llevamos dentro.
Enamorarnos es una sensación encantadora, una especie de hechizo que invade nuestros
pensamientos, acelera el corazón y nos hace sentir felices, entusiasmados… vivos. Anhelamos
compartir la vida con alguien y, bajo ciertas circunstancias, aparece una persona que captura
nuestra atención. A veces ocurre al instante; otras veces, es un encendido gradual que se
revela tras coincidir en varias ocasiones.
Puede seducirnos su personalidad, su físico, la calidez de su voz, la intensidad de su mirada o
la manera en que sonríe. Tal vez sea su conversación lo que nos atrape, su inteligencia o ese
aroma sutil que deja al pasar. Incluso, podríamos sentirnos fascinados por su mundo exterior:
sus logros, su trabajo, su estilo de vida.
Si la atracción es mutua, comienzan los rituales del enamoramiento: invitaciones a salir,
canciones dedicadas, gestos dulces, comidas compartidas, palabras que se sienten como
abrigo. Cada instante parece tener un brillo especial; todo es emoción, promesa,
descubrimiento. Y entonces… imaginamos. Creamos expectativas, sueños de perfección; no
solo de la persona, sino también de la historia que creemos que construiremos juntos.
Quizá nuestra familia apruebe esa nueva relación, o quizá no. Tal vez alguien nos diga: «No te
precipites», «conócelo mejor», «no es para ti». Pero cuando el corazón late bajo el influjo del
enamoramiento, casi nadie logra tocarnos con su criterio, pues el sentimiento que nos abraza
ciega, acaricia; lo llena todo.
Lo cierto es que la percepción que tenemos del otro sigue siendo prematura; aún no
conocemos a la persona. La imagen que hemos formado habita más en nuestros deseos que
en la realidad. Y, sin embargo, el impulso es fuerte. Tan fuerte que podríamos avanzar
rápidamente: querer compartir más tiempo, buscar la convivencia, apostar por estar juntos para
siempre.
Pero el tiempo, sabio y paciente, empieza a mostrar lo que estaba velado. Surgen actitudes
que antes no veíamos —o no queríamos ver—: pequeñas mentiras, palabras que duelen,
irresponsabilidades camufladas como olvidos. Entonces… justificamos. Pensamos: «Solo
atraviesa una mala racha»; «Estaba de mal humor»; «Ha cargado con demasiado dolor»; «Con
mi amor logrará sanar». Pero el amor —por sí solo— no basta para transformar a quien no
desea cambiar.
Y así, sin darnos cuenta, llega el desencanto. Las discusiones se hacen más frecuentes, las
quejas caen en el vacío y las palabras que antes acariciaban… ahora hieren. Y la relación, esa
que creímos invencible, empieza a resquebrajarse.
¿Qué sucedió?
*Diversas investigaciones sobre el enamoramiento sugieren que, durante esta etapa,
el cerebro libera sustancias como la dopamina, lo que genera una sensación de
euforia emocional que suele prolongarse entre seis meses y tres años. Entre los
estudios más reconocidos están los de Helen Fisher (2004), quien en su obra Why We
Love: The Nature and Chemistry of Romantic Love explica cómo estos procesos influyen en la
experiencia del amor romántico.
Reflexión:
Vivir el enamoramiento es una grata experiencia, pero, cuando esa magia inicial se desvanece,
solo la decisión de amar con conciencia y permanecer con compromiso puede mantener viva la conexión.
Segunda parte
Nuestros patrones inconscientes
Antes de hablar del amor que damos
y del que pedimos,
tomemos un instante para mirarnos
por dentro.
Sin juicios. Sin prisa.
Lo que otros ven y nosotros no
No siempre somos conscientes de las huellas que dejamos en los demás, hasta que
alguien nos las señala.
¿Te has detenido a pensar en las veces que tus padres, familiares o amigos te hicieron ver
actitudes tuyas que no reconocías como propias?
—«No pones atención cuando te hablo».
—«Nunca terminas lo que empiezas».
—«Siempre estás de mal humor».
—«No sabes guardar secretos».
—«Eres muy egoísta».
—«Tú siempre tan pesimista…».
Tal vez algunas de estas frases te resulten conocidas; son pequeñas señales que, sin saberlo,
nos invitan a mirar hacia dentro. La teoría sobre la conducta humana, conocida como la
«Ventana de Johari» (Luft e Ingham, 1955) plantea, entre otras cosas, que toda persona posee
aspectos de su personalidad que no logra ver por sí misma. Estos espacios, denominados
«área ciega», son invisibles para uno mismo, pero suelen ser evidentes para los demás.
Por eso, quienes nos rodean, a veces con paciencia y otras con enojo, señalan aquello que no
les agrada de nuestra forma de ser, lo que les incomoda o, incluso, lo que les hiere. Pensar
que nuestro punto de vista es siempre el correcto, que nunca nos equivocamos, que los otros
exageran o malinterpretan…, es todo una trampa del ego.
¿Alguna vez has pensado que, como todos, también estás en un proceso continuo de
aprendizaje y crecimiento?
Mientras no reconozcamos que no poseemos la verdad absoluta y continuemos negando
nuestras propias debilidades —como el orgullo, la soberbia, la envidia o la rigidez—, los
conflictos y las distancias persistirán, incluso dentro de los hogares.
Lo mismo sucede en nuestras relaciones de pareja. Si mantenemos la creencia de que las
rupturas son culpa exclusiva del otro y no tomamos conciencia de nuestra propia
responsabilidad —de nuestras carencias afectivas, dificultades de comunicación o errores de
juicio—, es muy probable que repitamos el mismo desenlace… una y otra vez.
Escuchar con apertura y humildad los comentarios que otros nos hacen —aunque nos
incomoden— puede revelarnos pequeños espejos y convertirse en una gran herramienta de
transformación. Podemos analizar con honestidad lo que nos dicen, discernir si hay algo de
verdad en ello y usar esa información para crecer.
Porque es verdad: nuestra mente y nuestro corazón tienen la capacidad de transformarse.
Es posible moldear, con intención y esfuerzo, una versión de nosotros mismos más consciente,
más íntegra, más libre… y más luminosa.
¿Qué partes de ti podrías estar evitando reconocer y cómo podrían estar influyendo en
tu relación de pareja?
No soy egoísta
Cuando era niña, Leslie odiaba compartir sus juguetes. En la adolescencia, tampoco era capaz
de prestar un abrigo, incluso si alguien temblaba de frío frente a ella. Sus objetos personales
—por más pequeños que fueran— le parecían sagrados, intocables. Por eso, sus padres y
hermanos solían llamarla egoísta. Y ella, lejos de aceptar esa etiqueta, reaccionaba con enojo.
—¡No soy egoísta! Solo cuido lo que es mío —decía.
A los veintiocho años, Leslie conoció a Jacobo. Él era tres años mayor y se enamoraron; pronto
iniciaron una vida juntos.
Ambos trabajaban y cada uno tenía su propio auto, pero Leslie mantenía la misma actitud de
siempre: era estricta con sus pertenencias. Le dejaba claro a Jacobo qué cosas eran «solo
suyas» para que no las tomara sin permiso. Jacobo, en cambio, era generoso y aquella actitud
le incomodaba cada vez más.
Por las noches, al llegar del trabajo, si Jacobo comía algo que Leslie consideraba suyo, ella le
reclamaba con irritación. Si recibían visitas y alguien ocupaba la silla que ella solía usar, no
dudaba en pedirle —de forma directa— que se cambiara de lugar.
—¡Eso me avergüenza! —le dijo Jacobo, molesto, y ella no entendía por qué.
—Solo defiendo lo mío. No es egoísmo —respondió.
El conflicto empezó a crecer como una grieta que, al principio, parecía pequeña, hasta que una
mañana lo cambió todo. Jacobo tenía una junta de trabajo muy importante. Salió de casa con el
tiempo justo y, al llegar al coche, vio que una de las llantas estaba ponchada. Leslie se
encontraba en casa, descansando.
—¿Me prestas tu auto? Solo por hoy —le pidió. Ella lo miró un instante y dijo que no.
Jacobo respiró profundo, sin decir nada. Salió de casa y buscó un taxi, tratando de no estallar.
Esa tarde, al regresar, Leslie lo recibió con afecto, pero él la ignoró. Ella intentó conversar con
él varias veces, hasta que Jacobo —ya sin filtro— le gritó:
—¡Estoy harto de tu egoísmo!
Después de eso, el silencio se instaló como un huésped en casa. Pasaron siete días sin
hablarse; siete días de paredes frías y silencio incómodo. Durante ese tiempo, Leslie se hizo
una pregunta que nunca antes se había permitido:
—¿Y si sí soy egoísta?
Buscó a Jacobo y se sentaron. Ella le habló con el corazón en la mano; se disculpó por sus
actitudes y, por primera vez, no intentó justificarlo todo. Juntos decidieron pedir ayuda y asistir
a su primera sesión de terapia de pareja. Era un inicio. Pequeño, sí, pero genuino.
Tras varias citas con el psicólogo y una lucha profunda consigo misma, Leslie comenzaba poco
a poco a lograrlo: compartía los objetos que antes le resultaba imposible.
Reflexión:
Estar en pareja es compartir la vida, sí…, pero también es crecer juntos. Es tener a alguien
que, desde el amor, nos refleje lo que aún no hemos visto en nosotros mismos y nos inspire a
ser mejores cada día.

